Texto: La Cordero*
*La Cordero no se enamora tan fácil. Pero cuando siente mariposas en la panza, primero se desparasita para comprobar que no son lombrices, y luego se deja llevar por el sentimiento.
Porque somos más que un Colectivo...
Solamente dos veces he sentido mariposas en el estómago. La primera fue hace mucho tiempo… tenía tres años. Estábamos en Liga Tranviarios, pues iba a jugar beisbol (sí desde esa edad) y de pronto llegó la sensación de que me revoloteaban decenas de mariposas.
Mis padres no le dieron importancia y pensaron que ese día no quería entrar al diamante, me dormí, y desperté unas horas después, con millones de mariposas tratando de salir.
Luego de un par de visitas al hospital, terminé internado y sin apéndice, aunque con un panda de peluche que me acompañó un par de años más.
La segunda fue cuando iba en secundaria. Tenía que ser amor… seguro era amor. Escuchaba a mis compañeritas platicar que cuando uno se enamora sentía “mariposas en la panza” y eso sentía. Seguro era ella. Se sentaba a mi izquierda y era sumamente hermosa. Sin embargo seguía con las “mariposas” por las tardes, por las noches y los fines de semana que no iba a la escuela... y que no la veía.
La sensación no duró mucho, resulta que tuve una peligrosa y casi mortal infección intestinal que me mandó a la cama por una semana, con inyecciones tres veces al día. Incluso un par de compañeros fueron a casa a visitarme… y a llevarme la tarea.
Y ¿han sentido las mariposas, gusanos o escarabajos en un micro rebasando en Viaducto? ¡¡¡Pues súbale que le vamos a acelerar!!!
Desperté con la frente aperlada y el corazón a más de 100 pulsaciones por segundo. El sueño había sido tan real que aún despierto seguía dentro de la dinámica y volteando a todos lados, para buscarla.
Mis sueños siempre han sido así. Puedo sentir las texturas y recordar los colores (aunque algunos digan que se sueña en blanco y negro). Los olores son más intensos que en la realidad. Es como si todas las sensaciones estuvieran aumentadas… al cubo.
Hay días en los que –incluso-- tarareo por horas la canción que fue parte del sueño. Es peor cuando es una pesadilla, pues mi cerebro se involucra más que de costumbre.
Con los sueños siempre hay algo de mí que sabe que son eso, sueños, e incluso a veces puedo alterar, a conveniencia, el rumbo de la historia. Con las pesadillas me siento como un espectador.
Cuando niño tenía ese sueño. Clavaba una y otra vez los spikes mientras giraba los talones y movía los dedos de las manos apretando fuerte el bate. Era como una película, pues había dirección de cámaras… close up a las guantaletas… corte al casco y una mano acomodándolo… corte al pitcher que tomaba la pelota por las costuras… corte a la mascota del catcher… corte al bate comenzando a moverse (en cámara lenta) y haciendo contacto con la pelota.
Contrapicada y la pelota volando hasta vencer la barda del Yankee Stadium… corte a cámara fija y el McCoy corriendo el diamante con el brazo en alto mientras los Yankees salían del dugout a esperar a que pisara el home para festejar el triunfo del séptimo juego de la Serie Mundial.
Aunque tiene años que ya no se presenta ese sueño.
Últimamente he soñado con ella. Con esa tarde/noche en la que recargó su cabeza en mi hombro mientras veíamos la lap en ese café. Sus ojos llenos de brillo y esa sonrisa acompañada de un “¡McCoy!” para que ya no continuara la broma.
